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segunda-feira, julho 03, 2006

esta foto no era la que quería publicar
pero como de repente todo es tan difícil
que se quede, punto.
además me recuerda aquella mesa de portales
de izquierda a derecha, Tania Libertad, la cantante peruana,
que vive en México hace siglos; Jaime López, mi compositor de cabecera, poeta, autor de la legendaria Chilanga Banda, Maru, mi gran amiga, socia en mi fondita que parecía restaurante y yo,
cosa extraña, hablando por teléfono.
Felipe me dejó en la Augusta y caminé rumbo a la tiendita que seis mese atrás había descubierto con Tania.
Tania es mi sobrina, pero los primeros 15 años de su vida los pasó con nosotros, como si fuera una hermana más, según mis padres, como algo para ser explotado según yo misma.
Pues bien, en una historia para nada interesante, acabé por perdonarle la vida y nos hicimos cuatachas (sobre todo porque se fue a vivir bien lejotes, hasta la misma francia francesa de cuyo equipo de futbol guardo espantoso recuerdo inmediato).
Tania fue la primera en visitarnos cuando recién nos venimos a vivir pa cá. En diciembre pasado vino por segunda vez, siete días apenas. Fue entonces cuando descubrimos la tiendita. Artesanías brasileñas bien elegidas y el vendedor sabía todo sobre cada pieza, de dónde venía, el significado, la tradición, etc.
Esta vez quería comprar unas pulseras de capim dorado y unas gargantillas de encaje negro. Eran los encargos de Tania. Felipe me había pedido alguna cos ainteresanta para su yerno Erwan. Sólo que la tienda había desaparecido. Ni me detuve a pensar en "nada es para siempre" y todas esas cosas. Y ahora? Dejé pa después esa compra bien especializada y subí para caminar la paulista.
Creo que fue la semana pasada cuando leí una reseña de Josimar Melo sobre la novela de Ruth Reichl, recién lanzada en Brasil.
Josimar Melo, crítico de gastronomía, honorable coordinador para sudamérica del premio a los mejores restaurantes del mundo según cierta revista inglesa, y tipo muy divertido cuando no se siente presionado.
Ruth Reichl es editora de la revista Gourmet y autora por lo menos de tres libros en los que cuenta con soltura y buen humor y esa pequeña levedad que da la impudicia, su vida a través de los apetitos y las ganas de siempre aprender a comer mejor, o en el peor de los casos, disfrutar de la mejor manera posible lo que se come.
Josimar contaba como en su uevo libro, RR había tenido que llegar al extremo de disfrazarse para conseguir no ser reconocida en los restaurantes de los que pensaba escribir. Como era necesario por lo menos comer 4-5 veces antes de emitir un juicio. Y como esas cuentas eran cubiertas por el diario o la revista para la cual trabajaba, para así garantizar que el testimonio fuese objetivo y libre de cualquier coacción. Josimar no dejaba de antojarnos la historia al contar detalles que ya revelan los avatares a los que tendrá que enfrentarse la infortunada crítica, pues al mudarse de Los Ángeles? a Nueva York, una hoja con su foto corre de restaurante en restaurante.
Qué pierde un crítico al ser reconocido? se pregunta Josimar. Definitivamente el trato. Nunca sabrá como es tratado Juan sin nombre porque automáticamente será recibido (iba a poner como el hijo de Dios pero al momento me acordé como le fue al pobre aquella vez que decidió hacerse hombre) como rey, como el ungido, como el esperado.
Inclusive, no nos hagamos tontos, sabiendo de quien se trata, puede hasta negársele un plato que ese día haya presentado un problema, sugerírisele los mejores, qué sé yo.
El propio Josimar me explicaba por qué él prefiere no mantener amistad con chef o dueño de restaurante, ni aceptar ser convidado por ninguno de ellos. Y la verdad es que me parecieron bien interesantes sus razonamientos, inclusive porque de repente se me pintó de cuerpo entero un tipo de lo más disciplinado y rígido, lo cual no me pareció para nada mal. Simplemente me dejó pensando.
Pensando en mi propia experiencia como periodista gastronómica.
Me cansé de repetir que yo no hacía crítica de restaurantes, hacía crónicas sobre mi paso fortuito por algunos de ellos. En donde todo se combinaba, mi estado de ánimo, la temperatura y la hora del día, la compañía en la mesa, lo digestiva o alucinante que pudiera ser la charla sobre la mesa, la personalidad de la comida, su origen, las manos del mesero.
Y si, llegué a tener amistad con algunos chefs y algunos dueños de restaurantes. Siempre con aquellos que me ofrecieron algo más que comida. Lo que no es muy común en ese medio. Para mi era necesario saber la historia de cada plato, de las cocinas en las que los cocineros se formaron, de lo que leían, de lo que probaban, de lo que admiraban.
Me gustaba la idea de hacer crónicas sobre mi pasatiempo favorito. Sólo que reconozco que podría haber escrito interminablemente sobre 8 o 10 lugares. Que muchas veces ir a uno por descubrir me daba una hueva loca. Tenía materialmente que ser arrastrada por la necesidad imperiosa de un editor infame. También tuve varios. Algunos muy queridos, por cierto.
No quiero dejar de contar, que hoy al pasar por la librería Cultura, uno de los empleados le decía a un cliente, que ahora sí no sabía cómo iba a hacerle para vender el libro de Parreira (me niego a explicar quién es, en caso de que usted no lo sepa). Que si ya de por sí no se vendía, ahora, después del sábado, caput, se chingó la francia (como se dice en buen mexicano, que en este caso sabemos que no fue precisamente la francia).